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La propuesta del ex secretario del Tesoro de EEUU Lawrence Summers, que impulsa la creación de un 'macrofondo' de inversión gestionado por el FMI y el Banco Mundial con el exceso de reservas de divisas de los bancos centrales emergentes, disgusta a Washington.
El polémico Summers hizo
estas declaraciones en la India, durante un seminario financiero
celebrado en Mumbai. Allí criticó la costumbre de
los bancos centrales de los países emergentes de acumular
reservas de divisas improductivas y casi les acusó de haberse
convertido en prestamistas de los países desarrollados
que importan su producción.
Unas operaciones que estarían
financiando de manera indirecta por medio de la compra de la deuda
pública que emiten sus clientes. Y también dibujó
una propuesta más que añadir a las que ya se han
realizado sobre la reforma del papel que los organismos prestatarios
multilaterales, el FMI y el Banco Mundial, deben jugar en la actualidad.
Según él podría gestionar un macrofondo de
inversión dotado con el excedente de reservas de divisas
de los países emergentes.
Deuda. Estas entidades
dejarían así de prestar dinero y engrosar la deuda
de estos países y contribuirían de verdad a su desarrollo.
Summers invocó las teorías desarrolladas por el
ex-secretario del Tesor argentino Pablo Guidotti y el ex-presidente
de la Reserva Federal Alan Greenspan que indicaban que la cantidad
de reservas necesarias eran aquellas que aseguraran la cobertura
de los compromisos de deuda en el plazo de un año.
Según esta visión,
los bancos centrales de los países emergentes tendrían
un excedente de más de 1,5 billones de dólares.
Pero Summers fue algo más modesto y cifró en 500.000
millones de dólares el dinero necesario para que el macrofondo
empezara a rodar.
Hasta 1997, los bancos centrales
emergentes siguieron con fidelidad la regla de Greenspan y Guidoti,
pero la crisis financiera asiática cambió el panorama.
Snow. Summers completó
su propuesta con una explicación de la manera precisa en
que se gestionaría el fondo. El Banco Mundial y el FMI
cobrarían por sus servicios una tarifa del 1% anual, lo
que aportaría unos ingresos de 5.000 millones que podrían
utilizarse para cancelar deuda. Los responsables de la gestión
deberían obtener una rentabilidad del 6% en ese periodo
e impulsar proyectos de interés general.
A Washington le disgusta la
propuesta que, desde el entorno del secretario del Tesoro de EEUU,
John Snow, se califica de invitación a la aventura
financiera, pero los críticos creen que en la Casa
Blanca se tiene pavor ante la posibilidad de que se seque la fuente
de financiación de la deuda de que dispone el país
norteamericano gracias a las adquisiciones de los bancos centrales
emergentes.
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