Dos
encuestas recientes parecen demostrar una vez más que la
comunidad cubana de Miami continúa en su lento pero irreversible
proceso de cambio. Aunque existe un importante grupo de derecha
radical que, más allá de la representación
real que posea, sigue manejando los hilos políticos de
una comunidad que no acaba de encontrar alternativas.
Este colectivo es el que, según los expertos, estaría
representado en ese 33% de los encuestados por el Centro Metropolitano
de la Universidad Internacional de Florida (FIU), que defiende
que EEUU invada Cuba como fórmula de cambiar el sistema
político de la Isla. Una reacción, cada vez más
minoritaria, al nulo resultado obtenido hasta ahora por una política
exterior que no ha sido capaz de minar en lo más mínimo
al actual sistema político cubano.
Sin embargo, otra encuesta, en este caso de la Universidad Panamericana
de Texas, concluye que la política cubana de Washington
ha dejado de ser la principal preocupación de la población
exiliada que habita en Miami Dade. De hecho, sería sólo
la tercera. Si esta consulta estuviera en lo cierto, los votantes
cubanoamericanos de las elecciones de noviembre irían a
las urnas con las mismas preocupaciones prioritarias que los del
resto del país: la Guerra de Irak y la economía.
Sólo en un lejano tercer lugar se situaría el futuro
democrático de Cuba y lo que EEUU puede hacer para propiciarlo.
Una prueba de que el exilio económico existe, por mucho
que algunos sectores radicales no quieran reconocerlo.
La división es más patente entre los grupos de nuevos exiliados que llegaron a Miami después de 1980. Entre ellos el porcentaje de quienes apuestan por el diálogo y se oponen al embargo llega casi al 60%. Pero su propia idiosincrasia les aleja de la política y del activismo que sigue en manos de los radicales.
Tanto es así que, en la actualidad, los congresistas y senadores de la ultraderecha, como Díaz Balart o Ross Lethinen, van a renovar con total seguridad su escaño sin contrincantes capaces de provocar al menos un debate. Sin embargo, algunos expertos creen que quizá no suceda lo mismo en las elecciones previstas para el cargo de gobernador de Florida. Aquí todo parece indicar que en las filas del Partido Demócrata surge un candidato capaz de cambiar un tanto la situación.
Se trata de Jim Davis, un hombre que ha denunciado la ley del Silencio que existe en Florida, hasta llegar a decir que en este territorio hay tanta falta de libertad de expresión como en Cuba y que, si bien se ha manifestado a favor del embargo, sí ha estado en contra de las últimas normas introducidas por Washington sobre los viajes y los envíos de remesas destinadas a endurecerlos.
Todo parece indicar, según las últimas encuestas, que Davis puede tener posibilidades reales de convertirse en gobernador. Y si lo consiguiera, él mismo, por sus propios intereses, sería el primer interesado en provocar un cambio político en Florida que hiciera aflorar a los colectivos de votantes moderados, ahora dormidos, y sirviera para limitar el poder de los radicales en las elecciones de 2008.
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