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Brasil parece estar preparado para soportar el
posible impacto de una recesión económica en EEUU.
Sus previsiones de crecimiento son buenas (4,3%), y sus multinacionales
se consolidan en el mercado de materias primas. Sin embargo,
este panorama podría cambiar de repente si Lula no consigue
sacar adelante su proyecto de Reforma Fiscal.
La balanza comercial brasileña
de los últimos doce meses asciende a 36.500 millones
de dólares (23.155 millones de euros), la más
brillante de las principales economías latinoamericanas.
Sin embargo, la cifra no es suficiente para colocar la balanza
por cuenta corriente en positivo, con un déficit de 1.200
millones de dólares (761 millones de euros).
Las previsiones no son nada halagüeñas
para los próximos meses, ya que, según el Banco
Central de Brasil, los operadores del mercado estiman que el
país cerrará el año con una cuenta corriente
negativa de unos 9.000 millones de dólares ( 5.709 millones
de euros). El último déficit en las cuentas externas
brasileñas se produjo en 2002, con 7.600 millones de
dólares (4.821 millones de euros).
Real VS Dólar.
Esas previsiones encendieron la luz de alarma del Gobierno
de Lula da Silva, que la pasada semana lanzó medidas,
con ayudas a exportadores y un impuesto de 1,5% a aplicaciones
de extranjeros en renta fija y bonos del Tesoro, destinadas
a mejorar las cuentas externas y reducir la entrada de capital
de corto plazo en divisas. En los últimos doce meses,
el real brasileño se ha apreciado un 25% respecto al
dólar, lo que ha perjudicado en gran medida a los exportadores.
Los empresarios lo tienen claro,
y denuncian que lo que está agravando la apreciación
del cambio es la enorme diferencia que existe entre la tasa
de interés interna y externa, que atrae masivos flujos
de dinero.
Aunque el Gobierno grave las
inversiones extranjeras o permita que los exportadores mantengan
el dinero obtenido fuera del país, éste seguirá
entrando porque todos quieren beneficiarse de los tipos de referencia
en Brasil, que se encuentran en el 11,25%.
El presidente de Brasil también
ha propuesto la creación de un frente común entre
los países emergentes con gran acumulación de
reservas internacionales, para frenar la revalorización
de sus monedas.
Reservas. Según
los datos del Banco Central, las reservas internacionales brasileñas
se ubicaron el pasado martes en 193.244 millones de dólares
(122.592 millones de euros), unos 12.000 millones de dólares
(7.200 millones de euros) por encima de la cifra del 2 de enero
pasado.
Brasil ha aprovechado el enorme
flujo de capitales externos para engordar esta cuenta, lo que
ha ayudado la subida del real en su cruce con el dólar.
Ante esta situación, la
Reforma Fiscal parece inevitable en el país. Sin embargo,
las elecciones del próximo mes de octubre y el escaso
apoyo del Congreso al texto ponen en peligro su aprobación
antes de que finalice el año, tal y como se esperaba
inicialmente.
Sin prisa. Líderes
de la oposición ya han indicado que no tienen ninguna
prisa por discutir el proyecto de ley. Y es que primero quieren
limitar los poderes del presidente en la emisión de decretos,
una demanda que es poco probable que Lula acepte.
Una de las quejas a la reforma
que más se escucha entre los empresarios líderes
del país, es que no habla de disminuir la abultada carga
tributaria de más del 34% del PIB a la que tienen que
hacer frente las grandes compañías del país,
una de las más altas entre los mercados emergentes.
El proyecto de ley enviado por
Lula al Congreso Nacional el pasado 28 de febrero propone simplificar
un complejo sistema fiscal con la unificación de cuatro
diferentes tributos federales en un solo Impuesto sobre el Valor
Agregado (IVA), cargado sobre bienes y servicios. La propuesta
limita la autoridad de los gobernadores para atraer inversores
con incentivos fiscales.
El ministro de Hacienda de Brasil,
Guido Mantega, aseguró en su momento que la reforma debería
contribuir a la expansión de la economía y al
crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) en un 10% de media.
Sin embargo, los opositores al proyecto están sumando
fuerzas y no parece claro que las negociaciones con el Gobierno
vayan a comenzar en el corto plazo.
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