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Año X - Madrid, viernes 28 de marzo de 2008
 
Reportaje
 

La novela sirvió a Stanley Kubrick para dirigir una película, que dio la vuelta al mundo.

2001: Una odisea en el espacio
Alberto Miguel Arruti

Arthur Charles Clarke, con el nombre de Arthur C. Clarke en sus publicaciones, ha muerto hace tan sólo unos días en su residencia de Sri Lanka, a los 90 años de edad. Nació en Minehead (Inglaterra) en 1917 y, desde muy joven, sintió una profunda atracción por la Astronomía. Durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió como monitor de radar en la RAF. Una vez terminada la guerra, publicó un artículo técnico, "Extra-terrestial Relays", en el que habló de los satélites artificiales en órbita geoestacionaria, llamada en su honor órbita Clarke.

Su novela "2.001, una odisea en el espacio" sirvió a Stanley Kubrick, para dirigir una película, que dio la vuelta al mundo. Fue un auténtico maestro de la ciencia ficción, además de un divulgador científico. Le preocupó siempre el destino de la Humanidad en el futuro. En toda su obra aparece constantemente un optimismo en las posibilidades del hombre, al frente del conocimiento científico y técnico.

Uno de sus temas preferidos era la posibilidad de que existiese vida en otros planetas. Y, precisamente, la noticia de su muerte llega cuando científicos de la NASA, utilizando el telescopio espacial Hubble, afirman haber descubierto, por primera vez, moléculas orgánicas en un planeta extrasolar. Hasta el presente, se han descubierto casi trescientos mundos fuera de nuestro sistema solar. En ninguno de ellos se ha encontrado ninguna clase de molécula orgánica.

Pero, en un reciente artículo, firmado por el astrónomo Mark Swain, del Jet Propulsion Laboratory, de la NASA, explica que ha encontrado metano en la atmósfera de HD-189733b, que es un planeta del tamaño de Júpiter, que se encuentra en la constelación Vulpecula, a 63 años luz de la Tierra. Este planeta pertenece a la categoría llamada "Júpiter caliente", pues la temperatura de su superficie es de unos 900 grados, y gira alrededor de su estrella a una distancia 300 veces menor de la que separa la Tierra del Sol. Y el astrónomo Swain afirma que "ya no existen dudas sobre si hay agua allí o no: El agua está presente".

Este resultado hubiera hecho las delicias de Arthur C. Clarke, quien tantas veces pensó en esta cuestión.

Décadas antes de que fuesen realidad ya existían en la mente de Clarke, transbordadores espaciales, estaciones orbitales, colonias planetarias, supercomputadores y sistemas instantáneos de comunicación. Pertenecía a un tipo de científico-escritor, como Carl Sagan, Isaac Asimov o Martin Gardner. Todos estos autores han tenido el doble mérito de presentar la ciencia con unas características, indudablemente literarias, que la hacen atractiva y sugestiva para el hombre de la calle, en la gran mayoría de los casos completamente ignorante del progreso de la ciencia. Pero hoy la divulgación científica, es decir la aproximación de la ciencia a la población, en toda sociedad democrática, constituye una necesidad y una exigencia.

Cada vez, los experimentos científicos son más sofisticados y más complejos y exigen unas inversiones económicas más fuertes. Por otra parte, la elaboración de teorías es más difícil y exige un aparato matemático más sofisticado y estas teorías, además, chocan con la intuición primitiva, que tenemos todos de las realidades científicas, antes de la experimentación y de la elaboración racional.

Por todo ello, la figura de Clarke se agiganta con el paso del tiempo.

 
 

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