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Arthur Charles Clarke, con el nombre de Arthur C.
Clarke en sus publicaciones, ha muerto hace tan sólo unos
días en su residencia de Sri Lanka, a los 90 años
de edad. Nació en Minehead (Inglaterra) en 1917 y, desde
muy joven, sintió una profunda atracción por la
Astronomía. Durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió
como monitor de radar en la RAF. Una vez terminada la guerra,
publicó un artículo técnico, "Extra-terrestial
Relays", en el que habló de los satélites artificiales
en órbita geoestacionaria, llamada en su honor órbita
Clarke.
Su novela "2.001, una odisea en el espacio" sirvió
a Stanley Kubrick, para dirigir una película, que dio la
vuelta al mundo. Fue un auténtico maestro de la ciencia
ficción, además de un divulgador científico.
Le preocupó siempre el destino de la Humanidad en el futuro.
En toda su obra aparece constantemente un optimismo en las posibilidades
del hombre, al frente del conocimiento científico y técnico.
Uno de sus temas preferidos era la posibilidad de que existiese
vida en otros planetas. Y, precisamente, la noticia de su muerte
llega cuando científicos de la NASA, utilizando el telescopio
espacial Hubble, afirman haber descubierto, por primera vez, moléculas
orgánicas en un planeta extrasolar. Hasta el presente,
se han descubierto casi trescientos mundos fuera de nuestro sistema
solar. En ninguno de ellos se ha encontrado ninguna clase de molécula
orgánica.
Pero, en un reciente artículo, firmado por el astrónomo
Mark Swain, del Jet Propulsion Laboratory, de la NASA, explica
que ha encontrado metano en la atmósfera de HD-189733b,
que es un planeta del tamaño de Júpiter, que se
encuentra en la constelación Vulpecula, a 63 años
luz de la Tierra. Este planeta pertenece a la categoría
llamada "Júpiter caliente", pues la temperatura
de su superficie es de unos 900 grados, y gira alrededor de su
estrella a una distancia 300 veces menor de la que separa la Tierra
del Sol. Y el astrónomo Swain afirma que "ya no existen
dudas sobre si hay agua allí o no: El agua está
presente".
Este resultado hubiera hecho las delicias de Arthur C. Clarke,
quien tantas veces pensó en esta cuestión.
Décadas antes de que fuesen realidad ya existían
en la mente de Clarke, transbordadores espaciales, estaciones
orbitales, colonias planetarias, supercomputadores y sistemas
instantáneos de comunicación. Pertenecía
a un tipo de científico-escritor, como Carl Sagan, Isaac
Asimov o Martin Gardner. Todos estos autores han tenido el doble
mérito de presentar la ciencia con unas características,
indudablemente literarias, que la hacen atractiva y sugestiva
para el hombre de la calle, en la gran mayoría de los casos
completamente ignorante del progreso de la ciencia. Pero hoy la
divulgación científica, es decir la aproximación
de la ciencia a la población, en toda sociedad democrática,
constituye una necesidad y una exigencia.
Cada vez, los experimentos científicos son más sofisticados
y más complejos y exigen unas inversiones económicas
más fuertes. Por otra parte, la elaboración de teorías
es más difícil y exige un aparato matemático
más sofisticado y estas teorías, además,
chocan con la intuición primitiva, que tenemos todos de
las realidades científicas, antes de la experimentación
y de la elaboración racional.
Por todo ello, la figura de Clarke se agiganta con el paso del
tiempo.
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