|
Este año 2007, próximo ya a su final,
ha sido declarado "Año de la Ciencia". España se encuentra,
y se ha encontrado siempre, detrás de los países
de nuestro entorno en lo que ha conocimiento e investigación
científica se refiere. Sobre este tema se ha escrito mucho.
El profesor Sánchez Ron afirma: "El problema de la
ciencia no son los españoles: es España. Y dentro
de España, la falta de estructuras adecuadas". Algunos
datos pueden aportarnos cierta luz. Por ejemplo, en 1900, el 71,5% de la población era analfabeta. En el año
2000, es decir ayer, el número de investigadores era de
3,3 por cada 1.000 habitantes. El porcentaje del Producto Interior
Bruto, dedicado a la investigación y al desarrollo,
ni se aproximaba al 1%.
Estos datos por sí mismos
explican todo. Pero no es sólo un problema de dinero. Es
algo mucho más complejo. No en vano escribía Ortega
que la ciencia era una planta, que necesitaba unos cuidados especiales
para crecer y que esos cuidados se daban solamente en muy pocos
y determinados países.
El primero que se dio cuenta de la importancia práctica
de la ciencia fue un inglés, Francis Bacon. Y consciente
con este espíritu, Inglaterra se industrializó,
creando una clase social nueva y distinta, sin relación
con la agricultura y con el campo. Bacon no fue un gran científico,
ni tan siquiera un científico. Fue el exponente de una
nueva filosofía que nació en un mundo nuevo, cuando
Inglaterra se había separado de la Europa feudal. Francis
Bacon, de quien dijo Hegel que era el típico inglés,
con un gran interés práctico por la realidad más
que por la razón, fue el primero en comprender las posibilidades
ilimitadas del hombre en la transformación y control de
la naturaleza. Según el profesor Farrington, su plan para
la total reforma de la sociedad a través de la aplicación
de la ciencia a la producción, constituyó el tema
central de su vida.
En la sociología de la ciencia se estudia el tipo y el
papel del científico. La ciencia era algo individual, que
se elaboraba sin un plan previo. Se hacía por gusto o para
otear en lejanos horizontes, como podían ser la piedra
filosofal o el elixir de larga vida. Las dos ambiciones humanas:
el dinero, que daba el poder y la larga vida o la inmortalidad.
Ser científico no implicaba una profesión, en el
sentido técnico de esta palabra. Se era científico,
como se era literato, pintor o escultor. Tal vez, con menor grado
de profesionalidad.
Esta consideración de la ciencia va
cambiando a lo largo de los siglos. Y en el siglo XX, el científico
obedece a un programa, a un proyecto que debe desarrollar. Y el
científico acaba en profesional, casi en burócrata.
Se investiga, salvo casos contados, no sólo lo que le interesa
personalmente, sino sólo lo que le planifican, lo que le
ordenan investigar, siguiendo unos intereses políticos,
o más bien económicos.
Todo lo cual significa que la ciencia, o su consecuencia la técnica,
constituye una forma de poder lo que no quiere decir, en modo
alguno, que el científico tenga poder. Más bien,
es un empleado, tal vez un alto empleado, que obedece órdenes
de la política o del dinero.
Y una vez más citamos a Sánchez Ron. Ciencia y política
parecen "mezcladas en una de esas poliédricas combinaciones
que tantas veces contempló el siglo XX, al igual que otras
centurias, pasadas y, ay, seguramente futuras también".
|