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Año IX - Madrid, jueves 8 de noviembre de 2007
 
Reportaje
 

El primero que se dio cuenta de la importancia práctica de este arte fue un inglés, Francis Bacon

El Año de la Ciencia
Alberto Miguel Arruti

Este año 2007, próximo ya a su final, ha sido declarado "Año de la Ciencia". España se encuentra, y se ha encontrado siempre, detrás de los países de nuestro entorno en lo que ha conocimiento e investigación científica se refiere. Sobre este tema se ha escrito mucho.

El profesor Sánchez Ron afirma: "El problema de la ciencia no son los españoles: es España. Y dentro de España, la falta de estructuras adecuadas". Algunos datos pueden aportarnos cierta luz. Por ejemplo, en 1900, el 71,5% de la población era analfabeta. En el año 2000, es decir ayer, el número de investigadores era de 3,3 por cada 1.000 habitantes. El porcentaje del Producto Interior Bruto, dedicado a la investigación y al desarrollo, ni se aproximaba al 1%.

Estos datos por sí mismos explican todo. Pero no es sólo un problema de dinero. Es algo mucho más complejo. No en vano escribía Ortega que la ciencia era una planta, que necesitaba unos cuidados especiales para crecer y que esos cuidados se daban solamente en muy pocos y determinados países.

El primero que se dio cuenta de la importancia práctica de la ciencia fue un inglés, Francis Bacon. Y consciente con este espíritu, Inglaterra se industrializó, creando una clase social nueva y distinta, sin relación con la agricultura y con el campo. Bacon no fue un gran científico, ni tan siquiera un científico. Fue el exponente de una nueva filosofía que nació en un mundo nuevo, cuando Inglaterra se había separado de la Europa feudal. Francis Bacon, de quien dijo Hegel que era el típico inglés, con un gran interés práctico por la realidad más que por la razón, fue el primero en comprender las posibilidades ilimitadas del hombre en la transformación y control de la naturaleza. Según el profesor Farrington, su plan para la total reforma de la sociedad a través de la aplicación de la ciencia a la producción, constituyó el tema central de su vida.

En la sociología de la ciencia se estudia el tipo y el papel del científico. La ciencia era algo individual, que se elaboraba sin un plan previo. Se hacía por gusto o para otear en lejanos horizontes, como podían ser la piedra filosofal o el elixir de larga vida. Las dos ambiciones humanas: el dinero, que daba el poder y la larga vida o la inmortalidad. Ser científico no implicaba una profesión, en el sentido técnico de esta palabra. Se era científico, como se era literato, pintor o escultor. Tal vez, con menor grado de profesionalidad.

Esta consideración de la ciencia va cambiando a lo largo de los siglos. Y en el siglo XX, el científico obedece a un programa, a un proyecto que debe desarrollar. Y el científico acaba en profesional, casi en burócrata. Se investiga, salvo casos contados, no sólo lo que le interesa personalmente, sino sólo lo que le planifican, lo que le ordenan investigar, siguiendo unos intereses políticos, o más bien económicos.

Todo lo cual significa que la ciencia, o su consecuencia la técnica, constituye una forma de poder lo que no quiere decir, en modo alguno, que el científico tenga poder. Más bien, es un empleado, tal vez un alto empleado, que obedece órdenes de la política o del dinero.

Y una vez más citamos a Sánchez Ron. Ciencia y política parecen "mezcladas en una de esas poliédricas combinaciones que tantas veces contempló el siglo XX, al igual que otras centurias, pasadas y, ay, seguramente futuras también".

 
 

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