| China
condiciona la economía mundial. Los elevados precios siderúrgicos
se han debido, en gran parte, a la fuerte demanda del país
asiático. China ha revolucionado la estructura de fabricación
de los productos textiles y la electrónica de consumo.
Ahora le toca al sector del automóvil, tan vinculado a
la industria siderúrgica. Los bajos salarios y el apoyo
decidido del Gobierno pueden convertir a este país en
el centro neurálgico de la industria del automóvil.
Lo que, de momento, parece todavía muy difícil,
pero no hay que descartarlo a medio o largo plazo.
Hasta este momento, las exportaciones
chinas sólo han llegado a determinadas áreas de
Europa, de Oriente Medio y del sudeste asiático. El problema
parece ser la calidad. El año pasado, el programa Eurotean
New Car Assessment, que supervisa la seguridad de los automóviles,
calificaba un todo terreno chino con cero puntos. Lo que nunca
antes le había pasado a ningún coche. Pero estas
dificultades, del momento actual, no significa que no puedan ser
superadas.
Se fabrica ahora una nueva generación
de pequeños coches utilitarios, de bajo coste, desarrollados
por Japón y Corea del Sur. Su resultado son muy buenos,
aunque no son tan baratos como los productos chinos. Pero ofrecen
una inmejorable calidad y eficiencia de consumo por no más
de 12.000 dólares, equivalentes a 15.000 euros.
También es pensable que
China intente introducirse en los mercados occidentales a través
de un fabricante norteamericano, que se encuentra en dificultades.
Por otro lado, la industria automovilística china puede
pretender satisfacer el consumo interno, lo que encierra grandes
dificultades, pues si los chinos poseyeran el mismo nivel de adquisición
de automóviles que la Unión Europea o EEUU, los
problemas medioambientales y los atascos podrían ser cuestiones
muy complicadas. Además, por otra parte, se plantearía
el problema de cómo satisfacer energéticamente a
todos estos nuevos coches. Pero, pese a todas estas consideraciones,
hay que reconocer que el Gobierno central de Pekín considera
el sector del automóvil como un pilar de la economía
del país. Ofrece incentivos y protección para los
productores domésticos, aunque los impuestos a la importación
han caído, de forma importante, desde que China forma parte
de la Organización Mundial del Comercio en 2001.
Todos estos problemas o, mejor
dicho, toda esta nueva situación impensable hace tan sólo
unos años, muy pocos por cierto, es consecuencia del proceso
de globalización, en que se encuentra inmersa la economía
mundial. Este proceso tiene sus defensores. Más defensores
que enemigos. Pero, sea como sea, nos encontramos sumergidos en
este proceso de globalización y, muchas veces, nos asalta
el pesimismo sobre cómo saber adónde nos dirigimos.
Según determinados estudios, la globalización reduce
la pobreza en el mundo. Se entiende por sobre el que consume menos
de un dólar al día. En los veinte años, comprendidos
entre 1980 y el 2000, las economías, que se han decidido
por la apertura, han visto reducir sus niveles de pobreza. En
líneas generales. Asia constituye un ejemplo. África
todavía permanece dormida. Los países de la Unión
Europea son, en general, muy pequeños, para poder competir
en estos mercados mundiales. Europa tiene que convencerse, lo
que no parece fácil, de que sólo la unión,
puede hacerla lo suficientemente fuerte para competir.
Pero la globalización
tiene también sus enemigos. Así, Noam Chomsay ha
podido escribir que “en lo referente a las rentas, las desigualdades
han crecido espectacularmente durante el período de la
globalización”.
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