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Año VII - Madrid, viernes 20 de octubre de 2006
 
Reportaje
 
En un futuro próximo será el gigante asiático quien, a pesar de las dificultades actuales, lidere la producción mundial de automóviles
 
China y la industria del automóvil

Alberto Miguel Arruti

 

China condiciona la economía mundial. Los elevados precios siderúrgicos se han debido, en gran parte, a la fuerte demanda del país asiático. China ha revolucionado la estructura de fabricación de los productos textiles y la electrónica de consumo. Ahora le toca al sector del automóvil, tan vinculado a la industria siderúrgica. Los bajos salarios y el apoyo decidido del Gobierno pueden convertir a este país en el centro neurálgico de la industria del automóvil. Lo que, de momento, parece todavía muy difícil, pero no hay que descartarlo a medio o largo plazo.

Hasta este momento, las exportaciones chinas sólo han llegado a determinadas áreas de Europa, de Oriente Medio y del sudeste asiático. El problema parece ser la calidad. El año pasado, el programa Eurotean New Car Assessment, que supervisa la seguridad de los automóviles, calificaba un todo terreno chino con cero puntos. Lo que nunca antes le había pasado a ningún coche. Pero estas dificultades, del momento actual, no significa que no puedan ser superadas.

Se fabrica ahora una nueva generación de pequeños coches utilitarios, de bajo coste, desarrollados por Japón y Corea del Sur. Su resultado son muy buenos, aunque no son tan baratos como los productos chinos. Pero ofrecen una inmejorable calidad y eficiencia de consumo por no más de 12.000 dólares, equivalentes a 15.000 euros.

También es pensable que China intente introducirse en los mercados occidentales a través de un fabricante norteamericano, que se encuentra en dificultades. Por otro lado, la industria automovilística china puede pretender satisfacer el consumo interno, lo que encierra grandes dificultades, pues si los chinos poseyeran el mismo nivel de adquisición de automóviles que la Unión Europea o EEUU, los problemas medioambientales y los atascos podrían ser cuestiones muy complicadas. Además, por otra parte, se plantearía el problema de cómo satisfacer energéticamente a todos estos nuevos coches. Pero, pese a todas estas consideraciones, hay que reconocer que el Gobierno central de Pekín considera el sector del automóvil como un pilar de la economía del país. Ofrece incentivos y protección para los productores domésticos, aunque los impuestos a la importación han caído, de forma importante, desde que China forma parte de la Organización Mundial del Comercio en 2001.

Todos estos problemas o, mejor dicho, toda esta nueva situación impensable hace tan sólo unos años, muy pocos por cierto, es consecuencia del proceso de globalización, en que se encuentra inmersa la economía mundial. Este proceso tiene sus defensores. Más defensores que enemigos. Pero, sea como sea, nos encontramos sumergidos en este proceso de globalización y, muchas veces, nos asalta el pesimismo sobre cómo saber adónde nos dirigimos. Según determinados estudios, la globalización reduce la pobreza en el mundo. Se entiende por sobre el que consume menos de un dólar al día. En los veinte años, comprendidos entre 1980 y el 2000, las economías, que se han decidido por la apertura, han visto reducir sus niveles de pobreza. En líneas generales. Asia constituye un ejemplo. África todavía permanece dormida. Los países de la Unión Europea son, en general, muy pequeños, para poder competir en estos mercados mundiales. Europa tiene que convencerse, lo que no parece fácil, de que sólo la unión, puede hacerla lo suficientemente fuerte para competir.

Pero la globalización tiene también sus enemigos. Así, Noam Chomsay ha podido escribir que “en lo referente a las rentas, las desigualdades han crecido espectacularmente durante el período de la globalización”.

 
 

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