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han pasado casi dos meses desde que Fidel Castro cedió
temporalmente sus poderes, los acontecimientos transcurridos y,
especialmente, la evolución y la conclusión de la
última Cumbre del Movimiento de los No Alineados (NOAL)
han reforzado algunas impresiones iniciales de los analistas independientes:
bajo la imagen de calma y normalidad que emana actualmente del
entorno de quienes gestionan temporalmente la gestión del
poder en la isla, se podría estar desarrollando una lucha
ideológica entre dos grupos, más o menos diferenciados,
que intentan situarse para la era post-Fidel y post-Raúl.
Uno formado por las heterogéneas Fuerzas Armadas y, otro,
que llegó a gozar del respaldo absoluto del comandante,
al que la prensa ha bautizado ya como "Talibanes del Trópico".
A algunos hombres de negocios que
visitan frecuentemente la isla les sorprende lo que pudiera ser
una escasa participación del partido en la gestión
del día a día político de este periodo.
La capacidad de gestión
económica del Ejército, cuyo grupo empresarial ha
servido como ejemplo para todo el tejido productivo público
cubano, parece resultar más decisiva en la pugna que la
fortaleza ideológica del conjunto de líderes de
nuevo cuño y viejo fervor político que irrumpieron
desde el púlpito de la Unión de Juventudes Comunistas,
cuyo líder sería el ministro de Asuntos Exteriores,
Felipe Peréz Roque.
Incluso, algún miembro de
la disidencia interna ha hecho declaraciones a la prensa estadounidense
y ha dicho que prefería que los generales pilotaran la
transición. En ellos se atisban mejor las semillas de un
cambio "a la china" que combinaría apertura económica
con control político, idea que también, según
algunos expertos, complacería a Raúl Castro.
Y la recuperación del general
Ramiro Valdés como miembro del Gobierno, en la cartera
de Informática y Tecnología, sería un símbolo
del avance de estas fuerzas. Valdés fue ministro del Interior
hace años. Además, en su último destino conocido,
como máximo ejecutivo del Grupo de la Electrónica,
ha establecido un núcleo de sólidas conexiones con
China que avalarán su futuro.
Su ganancia es la pérdida
de los hombres de Felipe Pérez Roque, miembro del “consejo
de regencia”, pero con muy escaso protagonismo durante los dos
últimos meses.
Y eso a pesar de que antes de la
retirada temporal de Fidel, se llevó a cabo una reestructuración
del partido que parecía consolidar definitivamente el ascenso
de los Talibanes del Trópico, cuya irrupción tuvo
lugar en mayo de 1999, cuando el actual canciller sustituyó
en el cargo a Roberto Robaina. Y cuyo ascenso en las quinielas
sobre los posibles sucesores de Fidel que se elaboran periódicamente
se produciría sólo dos años después,
según se cuenta con frecuencia en las calles habaneras,
en junio de 2001.
Aquel día Fidel sufrió
un desvanecimiento cuando pronunciaba un discurso ante 60.000
personas en el municipio habanero del Cotorro y fue Felipe quien
dio el paso al frente y tranquilizó al público tras
el incidente, mientras otros líderes más conocidos
decidían quedarse atrás..
De hecho, Pérez Roque, antes
de todo esto había sido jefe del Gabinete Personal del
comandante y disfrutado de una cercanía con el presidente
cubano similar a la que ahora tendría el discretísimo
Carlos Villegas, a quien se conoce sobre todo por haber leído
en televisión la nota escrita por Fidel en la que el líder
comunicaba su retiro temporal.
La ascensión de Pérez
Roque parecía imparable y con él también
subían los otros talibanes.
Hasta que todo se frustró.
La suerte del grupo empezó a cambiar, a tenor de lo que
comentan algunos observadores, en diciembre de 2004. Ese mes tuvo
lugar un Congreso de las Juventudes Comunistas en el que sucedieron
varias cosas que sorprendieron a los expertos. Otto Rivero, que
era entonces el secretario, dejaba el cargo para desempeñar
un destino mejor. Fue nombrado vicepresidente del Gobierno para
la Batalla de las Ideas, el último proyecto de regeneración
ideológica de Fidel, que en lo económico supuso
un paso atrás sobre las tímidas reformas de años
anteriores. Pero contra todo pronóstico, su sucesor al
frente de las juventudes no fue Hassan Pérez, otro notable
miembro del grupo. Hassan se tuvo que conformar con el cargo de
segundo secretario, ya que la cima fue ocupada por Julio Martínez,
un hombre muy cercano a Raúl Castro y ajeno a la élite
talibana.
Además, la gloria de Otto
Rivero duró poco. Tan poco que su foto ni siquiera ha llegado
a figurar nunca en la página web del Consejo de
Ministros de Cuba, en la que ya puede verse el flamante nuevo
retrato del recién nombrado Ramiro Valdés. Que se
sepa, Rivero no ha sido nunca destituido, pero sí se ha
visto forzado a mantener un silencio público, aparente.
La razón puede residir,
según se dice en algunos ambientes habaneros, en un proceso
que habría comenzado inmediatamente y que no se conoció
hasta el mes de marzo de 2005. Entonces se supo que 12 talibanes
que estaban trabajando en la “batalla de las ideas” habían
sido encarcelados por corrupción. Todos muy cercanos a
Rivero. Hasta hay quien dice que el propio vicepresidente Rivero,
prácticamente recién nombrado, tuvo que declarar
durante la investigación. En cualquier caso, este rumor
jamás ha tenido una confirmación oficial. |