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LOS
NUEVOS RIESGOS DE INVERTIR EN LATINOAMERICA
Procesos
de liberalización y desregulación, nuevos conceptos sobre la competencia,
más exaltación de los sentimientos nacionalistas. Estos son los
nuevos riesgos a los que se enfrentan las empresas extranjeras en
Latinoamérica. Y sin que las incertidumbres tradicionales desaparezcan.
Silencio. Buena señal. Para algunos observadores resulta
obvio: mientras menos se hable de la economía latinoamericana, mejor.
Los países que se agrupan bajo la línea de Río Grande sólo ocupan
espacio en las noticias si hay crisis. Algo que no ocurre desde
enero de 1999 cuando se produjo el crash del real brasileño. Brasil,
cuyos políticos han tenido siempre la aspiración de convertirse
en líderes regionales, se recuperó en tiempo récord, y el subcontinente
abandonó la primera línea de la actualidad, aunque sus problemas
sociales sin solucionar, sus peculiares políticos, y sus procesos
de paz sin completar lleguen esporádicamente a los periódicos. Pero
eso no quiere decir que el peligro haya desaparecido. La subida
de los precios de las materias primas ha aliviado algo el panorama
y mejorado las expectativas de crecimiento.
Sin embargo, el deterioro de la balanza comercial y los problemas
monetarios se reflejan en un aumento paulatino de los riesgos de
liquidez y solvencia. Además, aunque sea cierto que hay muchas latinoaméricas,
tantas como naciones, y que algunos países han intentado usar sus
relaciones con la UE como contrapeso, a todos les afecta la evolución
de EEUU. Y cuando en el norte cambia la coyuntura de los tipos de
interés; en el sur los problemas crecen. La relación de amor y odio
con EEUU ha marcado la reciente cumbre Suramericana de Brasilia
en la que participaron 12 jefes de estado, donde las discusiones
sobre las ideas de la Administración Clinton para combatir el tráfico
de drogas en Colombia han empañado los planes del país anfitrión
que se presentó a la cita con una propuesta de integración regional.
De modo que, hoy por hoy, existen elementos que amenazan la estabilidad
y podrían afectar a las inversiones españolas en la región. El principal
de ellos es, en estos momentos, el aumento del riesgo político.
Un peligro que, tarde o temprano afecta a la evolución de las variables,
y que puede empezar con la reestructuración de los sectores. Y no
siempre se trata de déficit democrático, como pasa en Perú, o de
guerra de hecho como en Colombia. Los giros políticos que resultan
perjudiciales para la inversión extranjera en la región también
se producen en las naciones más acreditadas como Brasil o Argentina.
El Gobierno brasileño ha decepcionado a las compañías eléctricas
mundiales que acudieron con entusiasmo a la llamada de Cardoso.
Pero las condiciones en las que se privatizará el sector y se permitirá
la inversión externa no gustan. Sobre todo a los operadores de gas
a los que se obliga a absorber cualquier aumento de los costes que
se produzca si el real se devalúa. En Argentina, desde que en diciembre
de 1999 llegó al poder Fernando de la Rúa, la presión social provocada
por la mala situación económica ha obligado al mandatario, entre
otras muchas, a preocuparse de incrementar la competencia en sectores
que hasta ahora los extranjeros explotaban con fórmulas de monopolio
compartido.
Telefónica, por ejemplo, a partir del próximo 9 de noviembre deberá
enfrentarse a un plan de desregulación del sector que dará entrada
a quince nuevas operadoras. Es de esperar que el incremento de la
competencia fuerce a la baja las tarifas con la consiguiente reducción
de los ingresos. También Endesa tiene problemas en este país. La
eléctrica española ha sido duramente criticada por su supuesta posición
de monopolio al controlar una participación en dos distribuidoras
de energía en la capital (tiene un 65,6% de Edesur y un 37% de Edenor).
Endesa ya recibió un serio aviso a mediados de agosto cuando el
Ente Nacional Regulador de Energía (ENRE) ordenó a la empresa deshacer
posiciones.
Además, existe el riesgo de que si el descontento social aumenta
el Gobierno intente calmar a la población con una demostración de
firmeza frente a los extranjeros. Tal vez aplicando el esquema del
ministro de Infraestructura, Nicolás Gallo, quien reclama un nuevo
impuesto para las empresas privatizadas, la mayoría de las cuales
se encuentran ahora en manos forasteras. Además, Brasil y Argentina,
ejes fundamentales de Mercosur (área de integración que incluye
a estos dos países más Uruguay y Paraguay) tienen algunas diferencias
que pueden obstaculizar el desarrollo del régimen arancelario que
regirá en la zona sobre el sector de la automoción. Una de las actividades
regionales que concentran más cantidad de inversión exterior. En
México, la incógnita se llama PAN. El partido encabezado por Vicente
Fox, que ha llegado al poder tras 71 años de gobierno del PRI. Por
ahora, parece que el tipo de cambio y el resto de variables económicas
han aguantado bien. Lo malo es que la naturaleza puede complicar
las cosas. Hay temores de que un huracán azote al país y limite
su capacidad de producir petróleo y gas. No sólo eso, la economía
mexicana depende cada vez más de la de EEUU. Según las estimaciones
del BBVA el comercio descendería 0,9 puntos, lo que se traduciría
en 2001 en un crecimiento del PIB del 3,1% frente al 4% previsto
si el aterrizaje de la economía estadounidense no es tan suave como
sería deseable. México, además, tiene un gran peso en Latinoamérica
(supone el 25% del PIB regional) de forma que el resto de países
de la zona también sufrirían el impacto. En Chile, otro de los países
preferidos por los inversores extranjeros, el cambio de Gobierno
a principios de 2000 generó incertidumbres, sin embargo parece que
las dudas se resuelven a favor de los intereses del capital foráneo.
Lagos ha eliminado el año de permanencia mínima en el país que se
exigía a estas inversiones, aunque mantiene el impuesto que grava
las salidas de capital. También hay inquietud entre los extranjeros
sobre la resolución del caso Pinochet. Pero, según muchos observadores,
el desenlace no tendrá repercusiones económicas significativas debido
a que el consenso político parece que está garantizado. Aún así,
las empresas españoles han sufrido y seguirán sufriendo el boicot
de parte de la población que culpa a España del final de Pinochet.
Las actitudes xenófobas, por tanto, podrían golpear las empresas
españolas en Chile. Otro país azotado por problemas políticos es
Venezuela, donde Hugo Chávez fue reelegido presidente por mayoría
el pasado 30 de julio. Seis de cada diez venezolanos le votaron.
Sin embargo, no cuenta con tantos apoyos entre el capital. Según
datos del Banco Central de Venezuela, en 1999 se fugaron del país
840.000 millones de pesetas, y algunos analistas estiman que en
2000 podrían salir otros 1,2 billones de pesetas. Pero Chávez tiene
suerte. Tanto el pasado año como este el precio del petróleo ha
experimentado un sustancial incremento, y puesto que su economía
depende en gran parte de las exportaciones de crudo, de momento,
los ingresos están garantizados. En otros países la política también
puede llegar a cambiar el ritmo de la actividad económica y el crecimietno
está pendiente además de la resolución de los conflictos sociales.
Como en Perú, donde en mayo Fujimori fue reelegido pero con dudas
sobre su legitimidad para acceder al poder; o en Paraguay, que registró
en agosto la primera victoria de los liberales sobre el Partido
Colorado en unos comicios nacionales. Y, en Ecuador, el Gobierno
tiene que enfrentarse a la pérdida de los principales defensores
de la dolarización tras la dimisión del ministro de Finanzas, Jorge
Guzmán, y la salida de los dos principales ejecutivos del Banco
Central. Y, también al descontento social que ha generado la desaparición
de la moneda nacional, el sucre. Su sustitución por la divisa estadounidense
comenzó a ser efectiva el 9 de septiembre, pero el proceso de cambio
comenzó hace seis meses. Durante ese tiempo, para mayor enfado de
los ciudadanos, la inflación se ha incrementado y podría llegar
según algunas estimaciones al 85% a finales de año. Problema al
que hay que añadir las dificultades para sacar adelante en el Congreso
el Plan Trolebus II que prevé la participación de capital extranjero
en empresas estatales. Aunque no todo son malas noticias. Este país
ha conseguido que el 85% de los tenedores de bonos brady acepten
una renegociación de la deuda. Latinoamérica, por tanto, mejora,
pero aunque la macroeconomía parezca ir por buen camino quedan por
resolver los problemas políticos y sociales que aún pueden dar algún
susto a los inversores extranjeros.
España
renueva su apuesta por el subcontinente. Ni la llegada
del euro, ni la probada vulnerabilidad de las economías emergentes;
nada ha sido capaz de disminuir el interés de las empresas españolas
por Latinoamérica. Al contrario, las grandes firmas de la península
han reafirmado su apuesta por esta región. Según los últimos datos
publicados por el Ministerio de Economía, en 1999 la inversión directa
española en el subcontinente se incrementó un 205,88% respecto a
1998 hasta los 5,2 billones de pesetas; una contundente cifra que
desbanca por primera vez a EEUU del primer puesto en el ránking
de inversores extranjeros en Iberoamérica. Aunque quizá los procesos
de liberalización de muchos sectores den entrada a un avalancha
de nuevas empresas estadounidenses relacionadas con las nuevas tecnologías.
El aumento de las inversiones extranjeras en la región revela una
recobrada confianza en las posibilidades económicas de la zona.
De momento, las previsiones no defraudan. La demanda interna se
recupera, y las depreciaciones del tipo de cambio que se produjeron
tras la crisis que siguió al colapso asiático han favorecido un
aumento de las exportaciones; factores que, quizá, pueden hacer
posible que Latinoamérica crezca en torno a un 4% en 2000 tal y
como pronostican la mayoría de los observadores.
El
petróleo y Latinoamérica El petróleo representa
el 37% de las exportaciones netas de materias primas en Latinoamérica.
Por tanto, en estos momentos, la región recibe unos ingresos extras
procedentes de la factura petrolífera. Pero, aunque globalmente
esta afirmación sea verdad, lo cierto es que las alegrías van por
países. México o Venezuela están felices con la actual escalada
de la cotización. Pero hay otros, como Brasil, en los que la subida
del precio del oro negro tendrá una repercusión negativa en su balanza
comercial. Este efecto es similar al que se produce en EEUU o en
Europa, sin embargo, en Brasil es aún más perjudicial porque la
producción, y por tanto el crecimiento, en los países emergentes
depende más de esta fuente de energía. La nueva economía inventada
por los países occidentales exige menos petróleo por unidad de producción.
La
región espera que todo EEUU mantenga el tipo. Si
la evolución del petróleo obliga a EEUU a subir los tipos de interés
para mantener bajo control los precios a la importación, los países
latinoamericanos tendrán que enfrentarse a una pérdida de competitividad
que dañará sus exportaciones, porque toda la región tiene una fuerte
vinculación histórica con el dólar. Pero este escenario pesimista
quizá no se haga realidad porque los precios parecen empezar a ceder
como demuestra el último dato de IPC de EEUU que registró una caída
del 0,1% en agosto con respecto al mes anterior con lo que la tasa
interanual se ha situado en el 3,4%. Pero, hay otras inquietudes
como del desorbitado déficit comercial. El agujero alcanzó en el
segundo trimestre del año los 106.100 millones de dólares (20,4
billones de pesetas), un nuevo desafortunado récord que situará
la cifra a final de año en 425.000 millones de dólares (82 billones
de pesetas). Muchos observadores aseguran que este desequilibrio
no podrá mantenerse siempre. Hasta ahora se confiaba en que una
desaceleración suave de la economía del país, que trajera como consecuencia
una menor demanda interna, junto a un crecimiento superior del PIB
europeo y japonés, que obligará a estos países a consumir parte
de la producción que ahora exportan, podría reducir paulatinamente
el déficit. Pero este escenario tantas veces vaticinado nunca llega,
para suerte de las economías latinoamericanas que dependen en gran
medida de las compras de materias primas que realiza EEUU, país
que es el mayor consumidor mundial de algunos productos claves para
la región, como el café. El mantenimiento de una demanda estable
de estas materias, producido gracias al tirón del consumo y a la
bonanza económica de EEUU, ha ayudado a mantener los precios y también
ha contribuido en los últimos tiempos al crecimiento del PIB de
la región.
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